El Evangelio de la Perdición

Que las cosas tengan –sentido, razón de ser… causas y efectos significantes para la existencia- es lo más naturalmente humano. Creo que nos lo hemos figurado así desde que tenemos uso de razón… pero quizás, eso solo sea un invento nuestro. No cabe, o no cabía en nuestra capacidad de raciocinio, entender la –existencia- sin un motivo, razón o circunstancia que le de un sentido. Al fin y al cabo es como una referencia circular, un pleonasmo ontológico. El sentido es una invención de la razón, el único ser con estas capacidades hasta ahora conocido es el hombre, sin hombre no hay raciocinio y por ende, no cabe el sentido. Un mundo sin el hombre capaz de darse cuenta… ¿Qué sentido tendría?
En ingles se usa el término –realize- para lo que traducido al español sería –darse cuenta de la realidad-. A esto es a lo que también se le llama –tomar conciencia-… hacerse consciente la realidad. Parece ser que si no hay algo capaz de darse cuenta de la realidad, no hay forma de entender el sentido de la existencia. Al mismo tiempo, al ser el –sentido- una invención humana, nace la inquietud de estar ante una existencia sin sentido, lo cual causa un vacio que comúnmente había y sigue siendo llenado con las creencias religiosas. Esta sensación de vacio, es también, la misma de aceptarse como –perdido- en el universo. Así es como se planta hoy la realidad ante nuestra capacidad de entendimiento, y he aquí como Edgar Morín lo describe… estamos perdidos… EL EVANGELIO DE LA PERDICIÒN, por Edgar Morin
EL EVANGELIO DE LA PERDICIÓN
LA PÉRDIDA DE SALVACIÓN, LA AVENTURA DESCONOCIDA
Por; Edgar Morin

Si hubiera navegantes del espacio, su ruta en la constelación de Virgo ignoraría la muy marginal Vía Láctea y pasaría lejos del pequeño sol periférico que tiene en su órbita al minúsculo planeta Tierra. Como Robinson en su isla, nos hemos puesto a enviar signos hacia las estrellas, hasta ahora en vano, y quizás en vano para siempre. Estamos perdidos en el cosmos.

Ese cosmos formidable también está destinado a la perdición. Nació, consecuentemente es mortal. Se dispersa a velocidad enloquecida, mientras los astros chocan, explotan, implotan. Nuestro sol, que sucede a dos o tres otros soles difuntos, se consumirá. Todos los vivos son lanzados a la vida sin haberlo pedido, son comprometidos con la muerte sin haberlo deseado. Viven entre nada y nada, la nada de antes y la nada de después, rodeados, entretanto, de nada. No sólo los individuos están perdidos: tarde o temprano lo estará la humanidad, después las últimas trazas de vida, más tarde la Tierra. El mundo mismo se dirige a su muerte, sea por dispersión generalizada o por retorno implosivo al origen… Quizá de la muerte de este mundo nazca otro mundo, pero el nuestro se hallará entonces irremediablemente muerto. Nuestro mundo está consagrado a la perdición. Estamos perdidos.

Este mundo que es el nuestro es muy débil en la base, casi inconsistente: nació de un accidente, quizá de una desinte¬gración del infinito, a menos que se considere que nació de la nada. De cualquier modo, la materia conocida no es más que una ínfima parte de la realidad material del universo, y la materia organizada no es más que una ínfima parte de esa ínfima parte. Para nuestros espíritus, son las organizacio¬nes entre entidades materiales, átomos, moléculas, astros, seres vivos, las que toman consistencia y realidad; son las emergencias que surgen de esas organizaciones, la vida, la conciencia, la belleza, el amor, las que, para nosotros, tienen valor: pero esas emergencias son perecederas, fugitivas, como la flor que se abre, el resplandecer de un rostro, el tiempo del amor…
La vida, la conciencia, el amor, la verdad, la belleza son efímeros. Esas emergencias maravillosas suponen organizaciones de organizaciones, oportunidades inauditas, corren constantemente riesgos mortales. Para nosotros son fundamentales, pero no tienen fundamento. Nada tiene fundamento absoluto, todo procede en última o primera instancia de lo sin nombre, de lo sin forma. Todo nace circunstancialmente y todo lo que nace está comprometido con la muerte.

Entonces: las últimas emergencias, los últimos productos del devenir, la conciencia, el amor, deben ser reconocidos como primeras normas y primeras leyes. Pero no adquirirán la perfección ni la inalterabilidad. El amor y la conciencia morirán. Nada escapará a la muerte. No hay salvación en el sentido de las religiones de salvación que prometen la inmortalidad personal. No hay salvación terrestre, como lo prometió la religión comunista, es decir una solución social en la que la vida de cada uno y de todos fuera liberada de la desgracia, del azar, de la tragedia. Hay que renunciar radical y definitivamente a esa salvación.

También tenemos que renunciar a las promesas infinitas. El humanismo occidental nos orientaba a la conquista de la naturaleza, al infinito. La ley del progreso no decía que éste debía perseguirse hasta el infinito. No había límite al crecimiento económico, no había límite a la inteligencia humana, no había límite a la razón. El hombre se había vuelto para él mismo su propio infinito. Hoy podemos rechazar esos falsos infinitos y tomar conciencia de nuestra irremediable finitud. Como dice Gadamer, hay que “dejar de pensar en la finitud como la limitación en la que nuestro querer ser infinito fracasa y conocer la finitud positivamente como la verdadera ley fundamental del dasein” El verdadero infinito está más allá de la razón, de la inteligibilidad, de los poderes del hombre. Quizá nos atraviese de un lado al otro, totalmente invisible, y sólo se deje presentir en la poesía y la música.
A la vez que la conciencia de la finitud, de aquí en más podemos adquirir una conciencia de nuestra inconsciencia y un conocimiento de nuestra ignorancia: en adelante podemos saber que nos hallamos en una aventura desconocida. Basados en la fe de una pseudociencia, creímos que conocíamos el sentido de la historia humana. Pero, desde los inicios de la humanidad, desde los inicios de los tiempos históricos, ya nos hallábamos en una aventura desconocida, en la que nos encontramos más que nunca. El curso que sigue la historia de la era planetaria se desprendió de la órbita del tiempo reiterativo de las civilizaciones tradicionales para entrar en un devenir cada vez más incierto.
Nos orientamos a la incertidumbre que las religiones de salvación, incluyendo la terrestre, habían creído rechazar:
Los bolcheviques no querían, o no podían, comprender que el hombre es un ser frágil e incierto que cumple una obra incierta en un mundo incierto. ( D. Tchossitch, Le Temps du mal. I., Paris, L/Age THomme, 1990, p. 186.)

Debemos comprender que la existencia en el mundo físico, y la del mismo mundo físico, tiene un costo de degradación, de disminución, de ruina inédita, que la existencia viviente tiene un costo inédito de sufrimiento, que toda alegría, toda felicidad, tendrán como contrapartida la degradación, la perdición, la ruina y el sufrimiento.
Estamos en la itinerancia. No estamos en camino sobre una ruta marcada, tampoco estamos teleguiados por la ley del progreso, no tenemos mesías ni salvación, caminamos en la noche y en la niebla. Sin embargo, no es errar al azar, por más que haya azar y errancia; también podemos tener ideas fuerza, valores elegidos, una estrategia que se enriquece al modificarse. No es solamente una marcha al matadero. Estamos empujados por nuestras aspiraciones, podemos disponer de voluntad y de coraje. El itinerario se alimenta con esperanza. Pero es una esperanza privada de recompensa final: navega en el océano de la desesperanza.

La itinerancia corresponde al mundo de aquí abajo, es decir al destino terrestre. Pero a la vez importa una búsqueda de los más allá. No se trata de “más allá” de fuera del mundo, son “más allá” del hic et nunc (aquí y ahora), los “más allá” de la miseria y de la desdicha, los “más allá” desconocidos corres¬pondientes a la aventura desconocida.

Es en la itinerancia donde se ha inscrito el acto vivido. La itinerancia implica la revalorización de los momentos auténticos, poéticos, extáticos de la existencia e, igualmente, como todo fin alcanzado nos lanza sobre un nuevo camino y como toda solución abre un nuevo problema, una desvalorización relativa de las ideas de fin y solución. La itinerancia puede vivir plenamente el tiempo, no sólo como continuum que vincula pasado/presente/futuro, sino como recurso (pasado), acto (presente), posibilidad (tensión hacia el futuro).

Nos encontramos en la aventura desconocida. La insatisfacción que provoca la itinerancia jamás podría ser saciada por aquélla. Debemos asumir la incertidumbre y la inquietud, debemos asumir el dasein; el hecho de estar allí sin saber por qué. Cada vez habrá más fuentes de angustia, y hará falta cada vez más participación, fervor, fraternidad, las únicas que saben no sólo aniquilar, sino también rechazar la angustia. El antídoto es el amor, la réplica -no la respuesta- a la angustia. Es la experiencia fundamentalmente positiva del ser humano, donde la comunión, la exaltación de sí, del otro, alcanzan su punto superior, ya que no están alteradas por la posesividad. ¿No se podría descongelar la enorme cantidad de amor petrificado en religiones y abstracciones y orientarlo no ya a lo inmortal sino a lo mortal?

LA BUENA-MALA NOTICIA

Pero, incluso así, la perdición seguirá inscrita en nuestro destino. Allí está la mala noticia: estamos perdidos, irremediablemente perdidos. Si hay un evangelio, es decir una buena noticia, debe partir de la mala: estamos perdidos, pero tenemos un techo, una casa, una patria: el planetita en el que la vida creó su jardín, donde los humanos formaron su hogar, donde la humanidad tiene que reconocer su casa común.

No es la Tierra prometida, no es el paraíso terrestre. Es nuestra patria, el lugar de nuestra comunidad de destino de vida y de muerte terrícolas. Debemos cultivar nuestro jardín terrestre, lo que quiere decir civilizar la Tierra.
El evangelio de los hombres perdidos y de la Tierra-Patria nos dice: seamos hermanos, no porque nos salvaremos sino porque estamos pedidos. (En realidad, la idea de salvación, nacida del rechazo a la perdición, llevaba con ella la conciencia rechazada de la perdición. Toda religión de vida después de la muerte llevaba en ella la conciencia de lo irreparable de la muerte.)
Seamos hermanos para vivir auténticamente nuestra comunidad de destino de vida y muerte terrícolas. Seamos hermanos, porque somos solidarios uno con los otros en la aventura desconocida. Como decía Albert Cohén:
“Que esta espantosa aventura de los humanos que llegan, ríen, se mueven y súbitamente no se mueven más, que esta catástrofe que les sucede no nos vuelva tiernos y piadosos unos con los otros, es increíble.”

La mala nueva no es nueva: a partir de la emergencia del espíritu humano hubo una toma de conciencia de la perdición, pero esa toma de conciencia fue rechazada por la creencia en la supervivencia y por la esperanza de salvación. Sin embargo, cada uno se ve secretamente acompañado por la idea de la perdición, cada uno la lleva en sí a profundidades mayores o menores. La buena nueva no es nueva: el evangelio de los hombres perdidos regenera el mensaje de compasión y conmiseración por el sufrimiento del príncipe Sakyamuni y el sermón de la montaña de Jesús de Nazareth, pero, en el corazón de la mala nueva, no hay salvación por salvaguardia/resurrección del yo, ni liberación por absorción del yo.

Edgar Morin, TERRE-PATRIE, Editions du Seuil, 1993 Cap. 8 pags. 193-198

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