La Risa, qué cosa tan complicada

¿De qué reímos cuando nos reímos? Y ¿por qué se ponen tan serios?

La risa es esa reacción provocada por la imitación de los hombres innobles, en inesperada solución equívoca y fea, según Aristóteles al definir lo cómico (Nicola Abbagnano). Solución a la que Kant agregaría la liberación de una tensión resuelta en nada, pues nada tiene que ver con el entendimiento y que por tanto, tiene mucho de absurdo, y que además, alegra con mucha vivacidad (Ídem, Crit. Del Juicio). Lo cómico se presenta casi siempre acompañada de un desdén por atribuir la justa importancia a las cosas —la ironía— y  por la amarga burla dirigida contra algo y alguien —el sarcasmo—. Por último, no menos al caso, Bergson le denota su poder educativo y correctivo (Ídem).

Con la ironía y el sarcasmo como condimentos de lo cómico, encontramos una dosis, no siempre despreciable, de una forma de violencia. Misma que la naciente exégesis de la corrección política, considera como una reprobable e inaceptable agresión y atentado a los derechos más elementales a no ser ofendidos.

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Me resulta esquizoide estar observando un mundo que se llena de voces por un lado exclamando libertad de expresión altamente sarcásticas como a las publicaciones de Charlie Hebdo, y a esas mismas voces, reclamar la censura más tajante ante la más mínima insinuación de cortejo callejero, o al insulto masivo en una contienda de fanaticadas futboleras. Por ofensas religiosas las primeras, y por misóginas y homofóbicas las segundas. Finalmente distintas formas de supuesta discriminación.

Coincido con ambas posiciones en desear una sociedad cada vez más civilizada, pero… ¿entendemos por civilización avanzada  el reprimir cualquier forma de violencia? O ¿por aquella que es capaz de ir diluyendo la necesidad de violentar?

No está fácil: lo primero, reprimir, es de por sí una forma de violencia, y para lo segundo será necesario permitir el dialogo y la discusión, aunque se tornen verbalmente violentas. Hasta hoy, el grado de civilización al que hemos llegado ha logrado legislar de tal forma que mantiene una diferenciación, precaria o avanzada, entre las palabras y los golpes. Es decir, entre violencia verbal y violencia física. Y para eso está Steven Pinker con The Better Angels of our Nature para demostrarlo.

Mientras nos encontremos (por fortuna) en un mundo tan diverso de pensamiento, requerimos mantener el debate abierto, constante y variado en recursos discursivos; como con la ironía, el sarcasmo, y sí, hasta con la ofensa. Léase el derecho a ofender de Ayaan Hirsi Ali; el derecho a ridiculizar de Ronald Dworkin ; y de dónde he extraído estas referencias: Los Jueces y el Diccionario de Jesús Silva-Herzog  M, donde se hace una aclaración sutil pero muy pertinente. Jesús refiere al ministro Cossío Villegas puntualizando en un caso específico…

…”Ofender no es discriminar”, Quien pronunció las palabras censuradas en un pleitillo periodístico no pretendió incitar violencia contra la comunidad homosexual, ni hizo ningún juicio sobre esa comunidad. Insultó a una persona, no discriminó a nadie […]

para defender la dignidad de las personas hay que rechazar el infundio colectivo-no la ofensa.”

Aquí mismo, Jesús también exhibe lo inútil y ridículo que resultaría andar tachando palabras del diccionario para considerarlas impronunciables. Especialmente cuando sabemos que en realidad la ofensa está en el énfasis y sentido al pronunciarlas, que en la palabra misma.

Francamente, veo muy lejano el día en que la humanidad encuentre innecesario recurrir a violentarse de alguna manera. Y encuentro que en la verbal hay por lo menos, alguna suerte de moderación y escape sanador.

 Ahora mismo (cuando no se encuentran entre los asistentes) están muchos mexicanos avergonzados por el supuesto grito homofóbico que se da en los estadios de futbol, y que parece estar dirigido a los porteros de los equipos rivales a los que se enfrenta el anfitrión de la plaza. Estoy casi seguro (habrá que hacer encuesta) de que ningún portero ha sentido realmente su masculinidad amenazada, y apostaría que muchos, aquellos con un mínimo de sentido del humor, lo han encontrado hasta simpático. Y quizás más aquellos con homosexualidad per se.  De verdad, ¿acaso no será  más un aspecto lúdico en la psicología de masas? ¿Acaso no será que ni siquiera tiene que ver con la sexualidad?, ¿o con la ayuda intimidatoria que la porra local suele manifestar?  Desde mi punto de vista, podrían ser solo aquellos que con una agenda específica, o con un prejuicio indoctrinado hasta el trauma, quienes se ofenden y pretenden agravar su percepción, sin que en la realidad la situación tenga mayores repercusiones. Salvo en contadas ocasiones, no se han registrado hechos de violencia física en los estadios mexicanos últimamente; y ninguna relativa a este grito en específico.

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Así como Aristóteles y Kant lo dijeron de la comedia, la ironía y el sarcasmo, la palabra puto en el estadio no es más ni menos grave que todo lo demás que ahí se sucede, no tiene la importancia justa merecida, es propia de los hombres —mujeres, gays y religiosos— innobles que ahí ríen, gritan, sufren y lloran, en el absurdo fenómeno lúdico de masas dado ahí. Todo encaja en las definiciones de lo cómico, irónico y sarcástico. ¿Lo erradicamos mejor de nuestra civilización, o lo aprendemos a digerir adecuadamente? Es claro que de la homofobia y demás ridículas discriminaciones hay que hablar. Y mucho.

En el Laberinto de la Soledad, Octavio Paz habla en especial de una palabra multifactorial derivada de la Chingada. (O sea, del termino.) Por ahí mismo, menciona lo importante que resulta entre los caballeros que se hablen con malas palabras entre sí, pues no se puede confiar igual en quienes no lo hacen que con los que han roto esa barrera y pueden hacerlo sin temor, ya sea en tono amistoso, o al contrario. Claro que Paz lo dice en específico del mexicano, aunque no estoy tan seguro de que tan exclusivo nos sea. ¿También esto deberemos cambiar? ¿La identidad?

Tal y como lo entiendo de Zizek, soy un convencido de que la ofensa puede radicar más en el receptor que en el emisor. Un emisor sin un objetivo receptor lo suficientemente susceptible, priva de poder ofensivo. Quizás el futuro de la violencia o no violencia verbal se encuentre allí. Es decir, si soy portero, y soy homosexual, y nadie tiene nada en contra de la homosexualidad, ¿qué ofensa puede representar el coro de puto?


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Political Correctness

Las Ideologías impiden reirse de cualquier cosa

Hace no mucho murió Chespirito y se escucharon muchas voces en posiciones encontradas: unos alabándolo y otros denostándolo. En lo segundo se vieron igualmente denostados los primeros, pues pasaron a ser parte de la denostación per se, como parte del problema que se dejó seducir y engañar por el comediante y sus mecenas de la televisora y sistema al que supuestamente representaba. Esto hace reflexionar sobre la comedia y el sentido del humor. ¿Debemos realmente sentirnos mal los que reímos con sus chistes, aun y cuando éramos solo unos niños? Y me refiero a mal por varias razones posibles; desde la simple supuesta incapacidad intelectual por reír de tonterías hasta por la complicidad perversa con un sistema opresor y abusivo. El caso es que el asunto nos volvió a dividir en muchos, principalmente en los conocidos polos entre simples y sofisticados; liberales y conservadores; obreros y burgueses; intelectuales y no intelectuales. Sofisticados y no sofisticados; iluminados y no iluminados.

Lo más probable, y sin necesidad de profundizar más allá en la psique y filosofía involucradas en el humor y la risa, es que se trata del efecto simbólico que tuvo Roberto Gómez Bolaños como el creador de un producto que nunca pareció criticar a su jefe y anfitrión, quien ha tenido una mala reputación en el pueblo, mismo que paradójicamente ha sido también su principal consumidor. Y es que así parece haber sido: el comediante tenía su forma de explotación económica mediante un producto inofensivo para el sistema que le proveía, y que resultó de enorme popularidad. Esto incluyó infames batallas legales por los derechos que le debieron una gran riqueza, negándosela a los actores que le ayudaron a hacerlo posible. Los detractores achacan su popularidad a la ignorancia del pueblo, y acusan además de que el programa no hacía más que perpetuar esto. Efectivamente, parece que nunca se trató de una postura de crítica social (ni construcción intelectual) a pesar de que se vestía tan bien de ella, como en cambio, sí lo han sido otros programas que sorprendentemente han pasado por la misma televisora. Claro que han sido pocos y nunca en extremo, pero los ha habido. (Qué Nos Pasa de Héctor Suárez tenía un contenido social bastante crítico.)

Todo esto puede ser justificado o no, pero es bastante claro que, como en todo, una  animadversión personal impide la aceptación del personaje. Se es así con la persona por las ideas que parece tener, por lo que nos encontramos que las posturas ideológicas impiden reírse de cualquier cosa. Parece que la empatía con personas y sus ideologías tienen que ver en lo que encontramos cómico o no. Es de aceptarse que las ideas deban ser parte fundamental en la comicidad lograda, pero los aspectos personales del creador no tanto. Esto agrega la connotación ética y de solemnidad pues nadie quiere ver su ideales ridiculizados, pero me atrevo a decir que los seres humanos somos de facto mucho menos solemnes cuando de comicidad se trata. Debemos aprender a separar entre la persona y su arte, por llamarle así a cualquier producto del ingenio humano. Así como nadie espera poder apreciar una chilena o gambeta de fútbol desde la óptica de las personalidades de Hugo Sánchez o Maradona, nadie debería esperarse que la comicidad de un personaje tenga que juzgarse desde la personalidad de su creador. Increíblemente se puede ser un genio del fútbol sin serlo como persona. Recurrí a un ejemplo llano y simplón, pero lo mismo puede decirse de los genios en cualquier disciplina, así sean científicos, poetas, literatos, deportistas, e incluso, filósofos. Poder ver sus productos sin inmiscuir sus aspectos personales nos permiten apreciar a Beethoven, a Newton, a Miguel Ángel, a Wright y a muchos de los que se sabe eran un tanto antipáticos, por no decir de lo deleznable que hay en un filósofo o arquitecto que abrigaron el nazismo, como otros muchos artistas consentidos de monarcas o tiranos.

Hago esta primer acotación por intentar llegar al meollo de la risa, dejando a un lado la humana subjetividad que no permite analizar el por qué para muchos resultaba tan cómico Chespirito. Suponiendo que podemos hacer esto y dejamos de lado los prejuicios personales, baste decir para comenzar que la comedia nunca nos ha hecho reír a partir de modelos morales. Es decir, la comedia por definición nunca ha pretendido hacer reír de las cosas buenas ni de hacer apología y héroes a sus protagonistas sino todo lo contrario. Siempre se ha tratado de exagerar hasta el ridículo: el defecto, la carencia, la estupidez, la ignorancia, e incluso la inocencia de aquello que se considera indebido en un momento dado. Se trata de sátira: ironía, sarcasmo, parodia y burla, que dependiendo del ‘sentido del humor’ del grupo social, es más o menos intenso. Y así tenemos la gradación que va desde el humor blanco hasta el humor negro. Desde esta perspectiva vemos que en realidad nadie propuso que los hombres debieren ser como esa floja persona que huye de pagar su renta, o esa presuntuosa madre soltera con ínfulas de superioridad que discrimina a la chusma, sino todo lo contrario, se hace ridículo de esas posturas, por lo que no entiendo a quienes han sugerido que se plantean estos personajes como los ideales del pueblo. Tampoco entiendo como reírse de esto puede ser mal interpretado como vil ignorancia cuando se sabe de la virtud que hay en reír de uno mismo, al vernos retratados en la tragedia propia. La risa habría hecho su efecto catártico, su principal función según Nietzsche, entre otros.

Los puristas encuentran que hay un humor demasiado tonto e infantil, y aquí entonces habrá que hacer una segunda acotación, pues muchos de los que reímos con este, efectivamente, son o éramos eso: niños. ¿Debemos criticar que los niños rían con ello? ¿O podemos entenderlo y consentirlo? ¿Deberíamos controlar sus afectos humorísticos, prohibiendo o explicando la perversidad de reír con eso? ¿No es esto más ridículo? ¿Habría sido mucho mejor hacer reír a nuestros niños mediante la idealización de una sociedad culta y no en una mugrosa vecindad?

Pasemos ahora con los adultos, ¿se es tonto por reír de tonterías? ¿En qué consiste entonces el sentido del humor? ¿Acaso una sociedad culta, al aumentar su sofisticación para encontrar comicidad, pierde la capacidad de reír por tonterías? Aquí es donde hay que hacer la tercera acotación, pues sabemos que la inteligencia es más asombrosa, ya que al alimentarla de conocimientos se amplían muchas otras capacidades, como la emocional. Entiendo que el hambre por la sofisticación sea natural en la persona culta, pero también encuentro que la risa no solo es un ejercicio intelectual, sino espiritual, y hasta ritual. La risa es actitud, catarsis y suele ser un trance también, como el inducido por sustancias como la cannabis (y el alcohol) de manera artificial, pero que si se está en el ambiente adecuado, con la compañía adecuada, en la circunstancia adecuada, se experimenta la risa por igual, así sea un chiste muy sofisticado intelectualmente, o un simple gesto en el momento preciso.

Aquí entonces tenemos el humor culto y el no culto, pero eso no quiere decir que uno sea más inteligente que el otro. Inteligente es quien ríe. Como en muchas cosas, lo cómico esta tanto en el perceptor como en el emisor. Se requiere una complicidad, una sociabilidad que implica empatía y que puede ser interrumpida por juicios paralelos, o colaterales, como le ha sucedido a Chespirito.

Indudablemente hubo una sobre exposición. Para muchos esto fue lo que cambió todo. De por sí, se recurría a una fórmula que no era de su invención. Los cómicos suelen recurrir al uso de rutinas para caracterizar a un personaje. La risa de Hardy, el flaco, o la manera de caminar de Chaplin son algunos ejemplos, pero los hay en todos.

Habrá momentos en los que la simpleza no sea una virtud, pero cuando se trata de reír, estar de simplones nos viene bien, nos saca del formalismo cotidiano y nos conecta en otro nivel más ligero, y aun así, existen grados de humor en los que la interpretación de la realidad puede ser mucho más precisa, y seguro que mucho más soportable.

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