El Juicio de Sergio Méndez (por JP)

       El día 12 de noviembre del año en cuestión “el lobo iracundo” nos demostró efectivamente las fallas del sistema legal…      Yo la verdad me hice el que no sabía nada de lo que estaban hablando, y la verdad es que no sabía, pero en esos momentos hay que hacerse para que quede claro que no sabes nada. Parecer que no tienes idea de la situación y que te estás muriendo de aburrimiento. Así para que no se crean que tienes ideas, porque las ideas usualmente se vuelven curiosidad y eso puede que te lleve al conocimiento, y entonces a ellos les gusta aplastar las cosas desde un principio.

 Y entonces allí me ves, moviendo la cabeza hacia ambos lados y hasta entrecerrando los ojos, demostrando apatía extrema. Lo más lejos que me fui fue hasta los días de colegio, cuando hacía lo mismo. Pero la verdad es que de la situación del lobo iracundo sí que entendí algunas cosas, aunque no quería. No estaba tan difícil averiguar que el hombre estaba metido en un rollo bastante feo. El joven, porque la verdad estaba bien chavito, y la verdad es que yo lo único que sentía por él era lástima, y quizás un poco de empatía.

Jamás he estado enrollado en cosas así de tanto peligro, de las que de veras no te puedes salir, pero es que se ve que él estaba en algo grande, y con eso yo me puedo conectar. Estamos en un mundo tan grande, en una parte tan pequeña de un mundo tan grande, y la verdad es que siempre te agarras de algo para sobrevivir. Y te vas agarrando de las cosas y te vas confiando y un día te agarras de algo y siempre cuesta trabajo soltarse porque se trata de otras personas que también se están agarrando pero entonces un día te das cuenta que te agarraste de algo que no va, que no te gusta, pero te agarraste hace muchos años y sólo te das cuenta cuando ya estás muy adentro. Y así es como se arruina una vida.

Y entonces te encuentras allí al lobo llorando y pataleándole al juez, lobezno de verdad, entre que te quiere matar pero tú sabes que está muerto de miedo, y a ratos te da ternura, y a ratos tú te estás muriendo de risa pero porque tú estás recordando los tiempos en el colegio en el que estabas igual porque de ninguna manera quieres que la profesora te preste atención o espere nada de ti.

Eso es lo que pasa, en cuánto prestas atención te tachan de curioso y allí ya te metiste en un lío, porque el lobezno es parte de algo grande, te digo, y entonces hay gente que le preocupa tanto la seguridad que te asarán vivo si les viste el pelo de la axila. En su berrinche el lobo estaba entre que decía nombres, y entre que no los decía, y que su gente vendría a matarnos, pero es que yo sabía, porque te dabas cuenta de que estaba muy abajo del escalafón todavía. Seguro que ni se sabía los nombres de los importantes, y si sí se los sabía y los decía, a quien vendrían a torturar y a matar era a él. Porque ¿qué le haces a un cuarto lleno de personas que nunca fueron buenas en el colegio, ni para nada más, y están ejercitando cero por ciento de su capacidad mental para descifrar la utilidad de esos nombres, y el cien por ciento para asegurarse de entender lo mínimo posible? Supongo que igual las matas. Pero la tortura no.

Esas personas son efectivas. La tortura está allí para que al lobezno no se le ocurra que es más conveniente ser ejecutado por su raza que pasarse el tiempo en la cárcel, viviendo, sufriendo: Si me pasara a mí, me la pasaría leyendo, porque ¡ah! que a los libros sí los ataco. Pero las cárceles de aquí son bien feas, y podría decir el muchacho “me parece mejor que me vacíen el manual en la cara a que me encierren” pero entonces lo desalientan con el ácido fosfórico.

La verdad es que creo que ni escuché el nombre del maldito lobezno iracundo, tal vez era algo como Sergio Méndez o Sergio Mendoza pero la verdad es que mejor no me acuerdo. A mí me gusta quedarme lo más separado de esas cosas en lo posible, y apuesto a que esas personas sentencian a muerte a un acusado de veinticinco y ni les corre por las venas. Entonces la verdad, que por lo menos me vean por el inútil que soy y les parezca divertido dejarme vivir por lo poco que aporto al mundo. Y así me puedo volver con mi familia y dejar la boca cerrada sobre todo. Aunque creo que aun así pondría en riesgo a mi familia.

Así que desde el momento que entré en el tribunal estoy dejando mi vida y la de mi familia a manos de estos desdichados invisibles. Está bien feo el asunto. Por eso me gusta alejarme de las cosas así, agarrarme del menor número de personas y hacer mi vida con mi familia y ya, preferiría que ellos tampoco tuvieran demasiadas conexiones, pero la verdad es que ellos no ven el mundo como yo lo veo: Vivimos en una parte tan chiquita del mundo enormísimo y todo está muy peligroso.

Me pregunto si hay muchas  otras burbujas de familias como la mía, islitas en el mar de corrupción, y de crimen, y de puro asco: el océano de basura que flota y que llega a las islitas y se los va llevando de uno en uno porque hiciste una compra en el lugar equivocado, porque estás en el camión que quieren, porque estás en medio de su pelea de pistolas, y ¡pam! te mueres.

O a veces sucede peor, eres un jovencito sin dinero sin escuela que no tiene chance de desperdiciarla como yo, y te encuentras con un grupo de chavos de tu edad o un poco más grandes, tal vez están jugando basquetbol (aunque a esos los encuentras en barrios con más dinero). Y tal vez están haciendo travesuras, y entonces te acogen porque quién sabe dónde están tus padres y te dejas llevar por sus tremendas travesuras. Que le roban al tío de uno o rompen las luces o incluso se aventuran a los barrios más altos, con mayor seguridad, pero allí si te cachan no pasa nada porque todavía estás muy chavo y con el tiempo resulta que uno tiene familia en esto, o se encuentran con un proveedor o con las otras bandas de chavos de su edad o un poco más grandes. El chiste es que empiezas a repartir o a vender de chiste, casi sin darte cuenta.

Es increíble que las cosas sucedan así, pero allí estás, y te encuentras con un grupo más grande, y te metes con ellos, y ahora estás ‘adentro’, pero eso no significa nada hasta que te piden que hagas algo por ellos. Y si no lo puedes hacer ya te amolaste, pero como es algo pequeño entonces lo haces para librarte y ahora en serio estás adentro, y quién sabe dónde están tus amigos o tus padres, y cada vez es más difícil de ver cuánta gente hay en el asunto, ya ni los conoces pero allí están, y te mandan a una excursión con ellos así que como para probarlos, a robar un banco el dinero que ellos no necesitan del banco, ni creen que lo van a obtener.

Y luego te cachan porque eres un estúpido. Resulta que al menos tú estás justificado pues no fuiste al colegio. Y allí estás de estúpido asustado frente a veinticinco personas (treinta y algo si cuentas a los guardias y al juez) a quienes no les importas pero que de repente parece que son los más cercanos a ti, que tu familia o tus amigos, porque ellos (como yo) también están intentando sobrevivir.

Tal vez ese es el verdadero uso del jurado, empatía al desdichado, empatía. Por lo menos nosotros no vamos a la cárcel. El tribunal es nuestra mini cárcel, tres horas tratando de no oír esa historia, como seguramente que en la cárcel quieres ser sordo con tantas historias que si las oyes te mueres…

O el colegio puede ser la cárcel de la clase media, “a ustedes no los tiramos en el hoyo así que les tenemos un hoyito aquí para que le den una probadita”. La verdad no fue tan difícil perderse con los recuerdos del colegio. De cualquier manera, ese es el papel que tomé en el juicio de Sergio Mendoza (creo)… tres horas recordando los largos años en el colegio… algunas buenas memorias.


El pasaje anterior fue escrito por JP, mi hijo de 17 años. Agradecería sus comentarios, especialmente a quienes se dedican a la literatura de alguna u otra forma. Sirva de advertencia que se trata de un ejercicio totalmente ficticio, él nunca ha servido como jurado.

No sé si estar orgulloso o alarmado, tranquilo o preocupado, o solamente sorprendido (cómo lo estoy). Si es a una escuela de literatura o al diván de un psicólogo que debemos acudir, agradeceré su sincero consejo.

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